Trabajando con niños y jóvenes —desde una Casa dei Bambini Montessori (3 a 6 años), pasando por una escuela de educación clásica y una ONG con adolescentes, hasta el primer año en Texas A&M— identifiqué un patrón. A quienes tuvieron la oportunidad de desarrollar ciertas habilidades desde pequeños se les facilita pensar con claridad, persistir, colaborar, encontrar soluciones. A quienes no la tuvieron, el mismo camino les cuesta más. No es necesariamente falta de talento. La mayoría de las veces, es una diferencia de experiencia.
Maria Montessori lo había descrito con precisión: cuando el niño actúa, prueba, corrige y vuelve a intentar, se fortalecen la lógica, la autonomía y la confianza en la propia capacidad.
Buscando la manera de ofrecer ese mismo principio fuera del aula, encontré en la robótica educativa una herramienta al servicio de niños y jóvenes. Cuando el robot no responde como un niño espera, solo le queda detenerse, pensar, ajustar e intentar de nuevo. Ese proceso —repetido, imperfecto, genuino— es el que desarrolla la capacidad de pensar, persistir y colaborar. A eso se suma que la robótica despierta en ellos un interés sostenido: la curiosidad por explorar la tecnología, su conexión con las matemáticas, las ciencias y la ingeniería; que cada desafío los lleva a pensar de manera más creativa en cómo resolverlo mejor o cómo se podría aplicar ese conocimiento a necesidades reales, donde pueden convertirse en innovadores.
Para ello, creé Magnanibots, donde trabajamos en alianza oficial con Carnegie Mellon Robotics Academy y en asociación con Sphero, dos referentes mundiales en educación tecnológica. En un entorno bilingüe, para niños y jóvenes de cinco a dieciséis años.
Al completar el programa, los estudiantes pueden obtener una certificación que reconoce lo que lograron.